Los tiempos que corren

Liliana Durán

Cualquier persona que comparta nuestro idioma sabe que esta frase significa “los tiempos actuales”, “la actualidad”. Pero, si nos detenemos a pensar un poquito más en su significado podemos descubrir que también encierra una verdad que nos atraviesa y nos rodea. Los tiempos corren. Hace ya unos años aparecieron frases cotidianas que cada vez se escuchan con más frecuencia desde la gente con la cual se tiene contacto: “estoy acelerado”, “tengo que bajar un cambio”, “se me pasó el año volando”, “tenés que parar la moto”, “tendría que bajar las revoluciones”, “no puedo parar”, “necesito frenar un poco”. Todas estas maneras de expresar un sufrimiento o el intento por aliviarlo comparten la alusión común a la velocidad, al ritmo vertiginoso ante el cual se precisa un esfuerzo para, en el mejor de los casos, lograr detenerse. Un ritmo impuesto que favorece la acción y cada vez más anula la posibilidad de pensar, ya casi no se escucha “lo pienso y te contesto”, “dame un tiempo y te digo” o simplemente “dejámelo pensar”, la reflexión sobre los actos queda abolida, anulada y es así que después se complica sostener todo a ese ritmo. Porque no es propio, porque ese ritmo no es humano, es tecnológico, es de las máquinas, es de la banda ancha de Internet, es de la inmediatez de la imagen, es de la ilusión publicitaria de los productos dietéticos mágicos o de las máquinas infalibles que en 5 minutos diarios pretenden adaptar a la persona al modelo único, igual, propuesto como ideal de belleza. Todo debe ser breve, rápido, ¡ya!

Es así que cada vez aparecen más “descubrimientos” de síndromes tanto para niños como para adultos que tienen como característica principal la ansiedad, la falta de atención, la desconcentración, la inestabilidad emocional, la hiperactividad o la parálisis total de la acción por agotamiento (ataque de pánico, burn out, síndrome de ADDH y la lista continúa). Todas manifestaciones actuales por el malestar que le provoca al ser humano estar exigido a un tiempo que no le pertenece. La persona necesita tiempo para construir sus vínculos, los padres necesitan tiempo para comenzar a entender a su hijo, la pareja necesita tiempo para conocerse, el adolescente necesita tiempo para elaborar su proyecto, el niño necesita tiempo para jugar, para descubrir el mundo, para crearlo. En la mayoría de los casos esta falta de adaptación del sujeto al medio se intenta compensar con fármacos que tranquilizan, que aquietan, que anestesian, que permiten continuar sin pensar las causas del malestar.

No hay reglas generales, únicas, globales que enseñen a vivir pero, si descuidamos nuestra posibilidad de ser humanos, de pensar, de crear, de sentir, de compartir ¿no estaremos construyendo, aunque velozmente, una regla general para dejar de vivir? Es mi pregunta. Usted, si se toma un tiempo, dará su respuesta.

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